sábado, 27 de diciembre de 2008

Juego de cartas




Ni con un poco de moral,
ni con un golpe de suerte,
he podido salir inerte
de este manicomio infernal.

Ni siquiera con audacia
hasta ahora conocida
de un vulgar homicida
escapado de la mafia...


Nunca había recordado
un mal momento en mi ser
por haber llegado a perder
lo apostado y lo ganado.


Es el juego de las cartas
algo sin trascendencia
que sin don ni ciencia,
ni te cansa, ni te harta.


Creo que he sido inconsciente
por dejarme llevar por el juego,
nada arregla desde luego,
perder el tiempo sólamente.


Nunca las volveré a tocar
ni a tratar de encontrarme
al juego, que en vez de darme,
lo que me hace es quitar.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El consejo del viejo



No son flores tan bellas,

no son flores marchitas,

ni son rosas, claveles,

tulipanes, margaritas...



Son las bellas doncellas,

guapas, alegres, bonitas,

que habitan por doquier,

haces bien si las citas.



Ten presente por ahora

que no todo es maravilla

has de saber,

que se te pasan las horas

pensando, cavilando

si la Pepa, la Juana o la Loli

mientras gastas el boli.



Yo ya sé lo que te pasa

te falta decisión

no te vayas a tu casa

vete con la Loli

y aprende la lección.



Si no está en el bar de la esquina,

vete al otro sin pensarlo,

te encontrarás a Joaquina,

su padre es funerario,

que el pobre está que arde

por tener hija tan cuca

que le van los polvorones, panizos

y otra clase de manduca.



La que creo que no te va

es la llamada Dolores

siempre le duele algo,

cabeza , pies nuca

y padece de tendones.



Yo siendo tú pensaría

voy a aceptar el consejo

no sea que una alegría

la cambie por no andar listo

sea por joven y no viejo

por unas cuantas ladillas

como pasó el otro día

al Victor y al Evaristo

y ahora ven de maravilla

apartarse de los conejos.

jueves, 18 de diciembre de 2008

La desesperación de Espronceda

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas

la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!